El domingo, en la prórroga de la final del Mundial, Nico Williams empujó el balón al fondo del arco argentino. Gol de España. Duró tres segundos.
El árbitro había marcado una falta previa —un pisotón casi imperceptible de Mikel Merino sobre Otamendi— y anuló la jugada. El VAR, con sus decenas de cámaras y su promesa de justicia milimétrica, no lo mandó a revisar la pantalla. No hizo falta. La decisión ya estaba tomada.
Vivimos, supuestamente, en la era de la máxima transparencia. Nunca hubo tantas cámaras grabando cada instante. Se suponía que la tecnología iba a hacer todo más justo, más claro, más verificable. Y sin embargo, lo que vimos a lo largo del torneo fue otra cosa: la misma herramienta aplicando criterios distintos según el partido. Goles legales anulados porque el VAR fue a buscar una falta segundos atrás. Otros que ni se revisaron.
La misma caja. Criterios distintos. Y del otro lado, nosotros, sin derecho a saber por qué.
Y aquí no estamos hablando de fútbol. No importa si Merino pisó o no pisó, si la falta existía o no existía. Lo que importa es lo que esa jugada anticipa: la forma en que se van a tomar las decisiones de aquí en adelante. Dentro de una caja cerrada. Con un criterio que no vemos. Y con un resultado que simplemente tenemos que aceptar.
El caso realUn algoritmo cerró la cuenta. No había nadie a quien reclamarle.
Te lo pongo en algo que vivimos nosotros. En plena temporada alta —Buen Fin, Hot Sale, la época en la que se juega el año comercial de muchas empresas— el WhatsApp de uno de nuestros clientes fue suspendido. El motivo: una supuesta violación de propiedad intelectual. Completamente falsa. Un algoritmo lo decidió, cerró la cuenta y punto.
Pasamos casi veinticuatro horas mandando reportes a Meta y a WhatsApp. Nunca hablamos con una persona. Todo eran algoritmos respondiendo a algoritmos. Al final, el mismo sistema detectó que había sido un falso positivo y regresó la cuenta. Con su shadow ban incluido, porque esa penalización no te la quitan.
Léelo otra vez: el sistema reconoció que se había equivocado. Y aun así, dejó a una empresa sin uno de sus canales de venta más importantes, en la semana más importante del año, y encima arrastrando un castigo después. Nadie respondió por eso. No había ventanilla, no había persona, no había explicación.
Cuando el error lo comete un algoritmo, no hay a quién reclamarle. El daño es tuyo. La caja sigue cerrada.
¿Hasta dónde llega esto?
¿Qué pasa cuando el algoritmo decida si tu seguro cubre o no cubre tu enfermedad? ¿Qué pasa cuando decida una sentencia?
Si bastara con que existieran reglas y se cumplieran al pie de la letra, no necesitaríamos jueces ni abogados. Los necesitamos precisamente por lo que una regla no puede resolver sola: la interpretación, el contexto, el criterio. Le estamos entregando ese criterio a sistemas que ni sus propios creadores terminan de explicar. Sistemas que no nos van a decir por qué. Va a ser la caja negra la que hable —y nosotros, del otro lado, sin saber.
No escribo esto para asustar a nadie ni para pedir que apaguemos la tecnología. Sería absurdo: nosotros vivimos de ella. Lo escribo porque hay una diferencia enorme entre usar un sistema y entenderlo.
Es nuestra responsabilidad entender cómo funcionan las cosas. Cómo operan los algoritmos. Quién paga la tinta. Por qué ves en tu pantalla exactamente lo que ves, y no otra cosa. Cuál es el objetivo real de la empresa que te lo muestra.
Por eso insistimos en lo mismo de siempre: estudia, investiga, sé curioso, no te quedes con la duda. Hoy tenemos más información que nunca. Y no, eso no nos hace más inteligentes. Pero sí nos da la posibilidad de entender un poco mejor el mundo que nos rodea —y de no quedarnos parados del lado ciego de la caja.